Dos y media de la tarde, “la hora estúpida”, la casa de la abuela es grande, dos pisos, patio, muchas habitaciones. La empezó a construir cuando mamá tenía doce, creo que antes. En un comienzo toda la urbanización tenía la misma casa, el mismo modelo, por eso eran más baratas. Una especie de proyecto regional (en ese tiempo proyecto departamental) de promoción a la vivienda; ayuda a la nueva clase media pujante. Después de construido el primer nivel el dinero del abuelo se fue, con él. Todavía son tres hermanos: Diego, Elvira y mi madre. El segundo piso tenía que construirse. La abuela trabajaba desde que terminó el colegio (secundaria completa), no fue a la universidad, las mujeres no iban en ese tiempo. Su primer trabajo fue en una oficina de registros, secretaria; luego entró a atención al público, recepcionista. No recuerdo bien si el mismo proceso fue realizado en las demás instituciones donde laboró; de cualquier forma puedo afirmar que fueron varias instituciones. Es más, la abuela sabía sobre los planes que tenía “La comisión por la reconstrucción de Arequipa” (creada después del terremoto del 60) antes de que siquiera fueran discutidos. Al parecer tenía un amorío con uno de aquellos economistas, y se casó con su contador, el abuelo.
Se supone que aún debo tener familiares en Chile. Cuando la abuela se quedó con la responsabilidad de construcción ya no trabajaba en ninguna institución; pero de algún lado, no estoy seguro cómo, adquirió en aquel entonces, la primera noción contrabandista. Viajaba a Chile todas las semanas; compraba ropa, la cruzaba como suya, y la vendía. Debió haber sido un buen negocio en ese momento.
ISIDORO Y MARÍA ---------------------------------------------------------------------> 1959
Cuando murió el papá de la abuela (y al día siguiente su mamá), ella comentaba: “nos dieron la plata, fuimos con Elvira a comprar un pollo a la brasa, una coca-cola y al día siguiente, a pintar”.
Murieron en la casa de la merced; en realidad nunca fue su casa. La alquilaron durante 32 años. En realidad era su casa. La abuela recibió una cantidad considerable de herencia. Con eso se pudo comprar toda la pintura.
Dos y treinta con cuarenta y cinco segundos. Hace cuarenta y cinco segundos que acabo de despertar. Cuando uno tiene cuatro años y no ve a nadie al despertar, TIENE que llorar. Mi madre es lo mejor que me ha pasado en mi vida. Cuando tenía 27 se casó con un mocoso de 23 (papá), hasta ahora les va muy bien, pero no saben lo que les espera.
Mis padres forman (desde distintos polos) la generación 70’s 80’s. En realidad no es nada especial. Lo que diferencia son los polos, distintos puntos de vista… capital y provincia… aunque en ambos influye el espíritu capitalista que bombea dinámica y constantemente el sueño de comodidades satisfechas. Gracias a dios esto no conforma toda la imagen futura, pues lo excelente del tercermundismo es que aprendes a vivir por sentimiento. Así, evitando convertirse en máquinas productoras de dinero, o en abanderados de la justicia social, es que se abren paso en el escenario.
No sé si es una costumbre heredada del abuelo (del paterno), pero mi padre tiene la tendencia a ser muy patero. Nunca rechaza una cerveza. En determinado momento y lugar (que nadie conoce) apareció Carlos Cuba, y empezaron a hablar.
Es domingo, he despertado justo para almorzar y bajo las escaleras en brazos de mi madre. Nosotros vivimos en el primer piso de la casa de la abuela. Hoy ha venido a almorzar con nosotros la familia de Carlos Cuba. Debe ser mayor que mi papá, pero son igual de grandes. Definitivamente mi madre es más bonita que la esposa de Don Carlos. Sus hijos, Froz (de ocho) y Alejandra (de seis) también han venido. Lo usual es que almorcemos en la mesa de la cocina, pero esta es ocasión especial y la mesa del patio ya esta lista.
Alejandra y Froz están jugando en el patio. Yo también quiero jugar, me muero de ganas, pero algún impulso estúpido (que más adelante será una de las cosas que más odie de mi personalidad) me detiene. Supongo que las falencias aparecen cuando eres niño.
Todos conversan, ambos padres:
- ¿y qué paso con el televisor?
- Pues esta ahí, mirando a la pared, jajaja
Al padre de Alejandra no le parecía correcto que sus hijos vean televisión. Un día regresó de la oficina, entró a la sala, cargó el televisor y lo volteó contra la pared. Creo que es completamente necesario en la vida de todos los niños del globo, ver: el chavo del 8. Y hasta debería de ser parte de la currícula de educación de todos los colegios de todo el mundo.
Yo estaba en las faldas de mi madre. Presumo que le incomodaba mucho tenerme ahí mientras la abuela servía el almuerzo. Así que en un amargo silencio (mientras todos hablaban) me deslizó por sus piernas y se fue a ayudar a la abuela. No pasaron más de dos segundos veinticinco y la esposa de Don Carlos se levantó de la mesa y la siguió.
- Danielito, por qué no vas a jugar con Froz.
Te odié por eso papá. Miré a Froz, me miró; Alejandra miró, y él siguió jugando con ella.
Era una especie de ronda pero de dos, y en vez de dar vueltas en círculos rotaban sobre un eje invisible formado por sus manos. Debe de existir un término que describa de forma más fiel aquel juego, pero para mí era una ronda; una ronda especial. Alejandra perdió el equilibrio y cayó, Froz siguió dando vueltas con los brazos estirados. Los padres nunca dejaron de hablar, y empecé a acercarme.
- Hola – dije con voz fuerte, tratando de disimular el nerviosismo.
- Hola
- Me llamo Daniel Pío Alcazar.
- Yo soy Alejandra
- ¿Quieres ser mi amigo?
- Ya.
- ¿Vamos a jugar?
Yo no podía llevarte de la mano, así que me cogiste del brazo. Atravesamos la sala y llegamos al cuarto vacío a lado de mi cuarto.
Cuanto tiempo puedes estar mirando a una niña sin decir palabra alguna…. Pero a veces pasa, y te sientes tan tonto, que prefieres no decir nada para que no se vaya. Así que tú empezaste a hablar:
- ¿Tienes rompecabezas?
- ¡Sí! – y todo se hizo mucho más fácil.
Los juguetes estaban ordenados en fila contra la pared, y los rompecabezas al comienzo de esta, debajo de los playgos. No eran tan difíciles, solo tenían 10 piezas, así que el desafío supremo era poder armar el de 20 piezas.
Pude haber imaginado millones de cosas, es probable que en realidad sucedieran; de cualquier forma el cerebro se encarga de borrarlas o etiquetarlas como falsos recuerdos, generados, creados, como quieras llamarlo. Si Froz me golpeó, si lloré, si tengo alguna marca de crayón en los hombros del polo y que esté rasgado (increíble, como es que se rasga tela con un crayón, ¡un crayón!); será motivo de una investigación con interrogatorio a todos los familiares presentes.
Hubo una pelea (eso no es un falso recuerdo), tú peleaste con Froz pero nadie pareció notarlo en el almuerzo. Después de eso nuestro juego ya no era en repetición, y si bien nunca recordaré que posibles cosas se podrían haber dicho, la imagen de una ronda especial pasó a ser mía, la sensación de haber estado completamente inconsciente de la lógica de cada movimiento (pero estimándolos como los primeros de una especie que sabes escasea) recién apareció ahí.
No tratamos de alcanzarnos estirando las manos. Tú estabas con el rostro apoyado en el hombro derecho de tu padre. Él miraba al frente, tú hacia atrás.
La discusión fue por el tópico más torpe y manoseado: beneficios laborales. Puede que en el momento en el que sentí avecinarse la carnicería de los incipientes vínculos que nacían de aquel almuerzo, haya buscado tus ojos con desesperación; estoy seguro que ahora lo haría. Pero ahora no existes. Quedamos en silencio, luego todo quedó en silencio.
Ambos se levantaron de la mesa, enojados, asombrados por haber estado ¡hablando! Dos personas tan distintas en todos los aspectos, con principios, convicciones, historia, entregados a la familia… ¡vaya, que distintos! Que intolerantes. La abuela, la esposa y mi madre sorprendidas contra la pared; la mesa vacía, el cigarrillo humeante abandonado en el cenicero, nos recuerda que estamos vivos, que no es una imagen. Y nosotros cargamos con todo. Tú en el hombro, yo al costado. Mirando, alertas a cualquier posibilidad de reconciliación. Froz por delante. Alzamos las manos pero nunca las estiramos. No existen bandas sonoras, pero hay excelente fotografía: la luz de tarde atravesando dispareja por las ventanas. Impregnaremos en nuestra memoria por siempre, que eso jamás ha existido, que solo jugamos, que nunca sostuvimos ese canal entre nuestros ojos. Nunca preguntaremos y nunca nos contaran.
Se supone que aún debo tener familiares en Chile. Cuando la abuela se quedó con la responsabilidad de construcción ya no trabajaba en ninguna institución; pero de algún lado, no estoy seguro cómo, adquirió en aquel entonces, la primera noción contrabandista. Viajaba a Chile todas las semanas; compraba ropa, la cruzaba como suya, y la vendía. Debió haber sido un buen negocio en ese momento.
ISIDORO Y MARÍA ---------------------------------------------------------------------> 1959
Cuando murió el papá de la abuela (y al día siguiente su mamá), ella comentaba: “nos dieron la plata, fuimos con Elvira a comprar un pollo a la brasa, una coca-cola y al día siguiente, a pintar”.
Murieron en la casa de la merced; en realidad nunca fue su casa. La alquilaron durante 32 años. En realidad era su casa. La abuela recibió una cantidad considerable de herencia. Con eso se pudo comprar toda la pintura.
Dos y treinta con cuarenta y cinco segundos. Hace cuarenta y cinco segundos que acabo de despertar. Cuando uno tiene cuatro años y no ve a nadie al despertar, TIENE que llorar. Mi madre es lo mejor que me ha pasado en mi vida. Cuando tenía 27 se casó con un mocoso de 23 (papá), hasta ahora les va muy bien, pero no saben lo que les espera.
Mis padres forman (desde distintos polos) la generación 70’s 80’s. En realidad no es nada especial. Lo que diferencia son los polos, distintos puntos de vista… capital y provincia… aunque en ambos influye el espíritu capitalista que bombea dinámica y constantemente el sueño de comodidades satisfechas. Gracias a dios esto no conforma toda la imagen futura, pues lo excelente del tercermundismo es que aprendes a vivir por sentimiento. Así, evitando convertirse en máquinas productoras de dinero, o en abanderados de la justicia social, es que se abren paso en el escenario.
No sé si es una costumbre heredada del abuelo (del paterno), pero mi padre tiene la tendencia a ser muy patero. Nunca rechaza una cerveza. En determinado momento y lugar (que nadie conoce) apareció Carlos Cuba, y empezaron a hablar.
Es domingo, he despertado justo para almorzar y bajo las escaleras en brazos de mi madre. Nosotros vivimos en el primer piso de la casa de la abuela. Hoy ha venido a almorzar con nosotros la familia de Carlos Cuba. Debe ser mayor que mi papá, pero son igual de grandes. Definitivamente mi madre es más bonita que la esposa de Don Carlos. Sus hijos, Froz (de ocho) y Alejandra (de seis) también han venido. Lo usual es que almorcemos en la mesa de la cocina, pero esta es ocasión especial y la mesa del patio ya esta lista.
Alejandra y Froz están jugando en el patio. Yo también quiero jugar, me muero de ganas, pero algún impulso estúpido (que más adelante será una de las cosas que más odie de mi personalidad) me detiene. Supongo que las falencias aparecen cuando eres niño.
Todos conversan, ambos padres:
- ¿y qué paso con el televisor?
- Pues esta ahí, mirando a la pared, jajaja
Al padre de Alejandra no le parecía correcto que sus hijos vean televisión. Un día regresó de la oficina, entró a la sala, cargó el televisor y lo volteó contra la pared. Creo que es completamente necesario en la vida de todos los niños del globo, ver: el chavo del 8. Y hasta debería de ser parte de la currícula de educación de todos los colegios de todo el mundo.
Yo estaba en las faldas de mi madre. Presumo que le incomodaba mucho tenerme ahí mientras la abuela servía el almuerzo. Así que en un amargo silencio (mientras todos hablaban) me deslizó por sus piernas y se fue a ayudar a la abuela. No pasaron más de dos segundos veinticinco y la esposa de Don Carlos se levantó de la mesa y la siguió.
- Danielito, por qué no vas a jugar con Froz.
Te odié por eso papá. Miré a Froz, me miró; Alejandra miró, y él siguió jugando con ella.
Era una especie de ronda pero de dos, y en vez de dar vueltas en círculos rotaban sobre un eje invisible formado por sus manos. Debe de existir un término que describa de forma más fiel aquel juego, pero para mí era una ronda; una ronda especial. Alejandra perdió el equilibrio y cayó, Froz siguió dando vueltas con los brazos estirados. Los padres nunca dejaron de hablar, y empecé a acercarme.
- Hola – dije con voz fuerte, tratando de disimular el nerviosismo.
- Hola
- Me llamo Daniel Pío Alcazar.
- Yo soy Alejandra
- ¿Quieres ser mi amigo?
- Ya.
- ¿Vamos a jugar?
Yo no podía llevarte de la mano, así que me cogiste del brazo. Atravesamos la sala y llegamos al cuarto vacío a lado de mi cuarto.
Cuanto tiempo puedes estar mirando a una niña sin decir palabra alguna…. Pero a veces pasa, y te sientes tan tonto, que prefieres no decir nada para que no se vaya. Así que tú empezaste a hablar:
- ¿Tienes rompecabezas?
- ¡Sí! – y todo se hizo mucho más fácil.
Los juguetes estaban ordenados en fila contra la pared, y los rompecabezas al comienzo de esta, debajo de los playgos. No eran tan difíciles, solo tenían 10 piezas, así que el desafío supremo era poder armar el de 20 piezas.
Pude haber imaginado millones de cosas, es probable que en realidad sucedieran; de cualquier forma el cerebro se encarga de borrarlas o etiquetarlas como falsos recuerdos, generados, creados, como quieras llamarlo. Si Froz me golpeó, si lloré, si tengo alguna marca de crayón en los hombros del polo y que esté rasgado (increíble, como es que se rasga tela con un crayón, ¡un crayón!); será motivo de una investigación con interrogatorio a todos los familiares presentes.
Hubo una pelea (eso no es un falso recuerdo), tú peleaste con Froz pero nadie pareció notarlo en el almuerzo. Después de eso nuestro juego ya no era en repetición, y si bien nunca recordaré que posibles cosas se podrían haber dicho, la imagen de una ronda especial pasó a ser mía, la sensación de haber estado completamente inconsciente de la lógica de cada movimiento (pero estimándolos como los primeros de una especie que sabes escasea) recién apareció ahí.
No tratamos de alcanzarnos estirando las manos. Tú estabas con el rostro apoyado en el hombro derecho de tu padre. Él miraba al frente, tú hacia atrás.
La discusión fue por el tópico más torpe y manoseado: beneficios laborales. Puede que en el momento en el que sentí avecinarse la carnicería de los incipientes vínculos que nacían de aquel almuerzo, haya buscado tus ojos con desesperación; estoy seguro que ahora lo haría. Pero ahora no existes. Quedamos en silencio, luego todo quedó en silencio.
Ambos se levantaron de la mesa, enojados, asombrados por haber estado ¡hablando! Dos personas tan distintas en todos los aspectos, con principios, convicciones, historia, entregados a la familia… ¡vaya, que distintos! Que intolerantes. La abuela, la esposa y mi madre sorprendidas contra la pared; la mesa vacía, el cigarrillo humeante abandonado en el cenicero, nos recuerda que estamos vivos, que no es una imagen. Y nosotros cargamos con todo. Tú en el hombro, yo al costado. Mirando, alertas a cualquier posibilidad de reconciliación. Froz por delante. Alzamos las manos pero nunca las estiramos. No existen bandas sonoras, pero hay excelente fotografía: la luz de tarde atravesando dispareja por las ventanas. Impregnaremos en nuestra memoria por siempre, que eso jamás ha existido, que solo jugamos, que nunca sostuvimos ese canal entre nuestros ojos. Nunca preguntaremos y nunca nos contaran.
Por la gracia divina que me da el derecho a sentirme mal; es que recreo todo esto. Que las intrincadas circunstancias que nos envuelven, que crearon y dejaron de hacerlo, no van a evitar que suceda, así esta recreación sea a medias. Mi historia como yo la quiera será la tuya, y la tuya, si la creas, será la mía. Buscaremos desesperadamente un refugio en la incertidumbre de lo escrito, escapando del escenario; y ahí nos quedaremos.
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