Salí temprano de la casa, el sol no quemaba, era un sol cálido, débil. No llevo calzado; la arena al igual que el sol, era cálida y débil, gris. Por el contrario el mar estaba furioso, no creí conveniente caminar muy cerca a la orilla, no quería mojarme los pies. Mi sendero no era un punto medio, sólo era un sendero. Todo estaba desierto, nadie en ningún lado. A lo lejos veía los cangrejos, grandes y pequeños, correteaban en silencio, por eso me gustaban, nunca podrían producir un sonido más fuerte que el de un goteo en las noches de insomnio. Dibujaban figuras amorfas, su cantidad era impresionante, los únicos dueños del desierto; seguí caminando.
Quinientos metros más adelante las gaviotas, en un ataque sorpresa maquinado por algún líder bastante astuto, devastaron con la masa cangregiana (por ponerle algún nombre) y las figuras extrañas que dibujaron con sus patas terminaron siendo la pintura de su cementerio. Pobres cangrejos.
Como vinieron se fueron, me detuve, que pintoresco quedó el gris de la arena, que ahora tenía destellos amarillos y anaranjados, era un oasis en lo rutinario, la mancha en el lienzo. Las entrañas de los cangrejos no se distinguían con los granos de arena, pero sus caparazones destacaban, como lo pudo hacer un tanque abatido en los escenarios de Europa durante la segunda gran guerra. Sí, en definitiva creo que se podría enseñar a los niños (a manera de reconstrucción temporal), como fue el desembarco en Normandía.
Atravesé con cuidado el campo de batalla, por más insignificantes que fueran los pequeños cangrejos, tenía que guárdales algo de respeto.
Seguía solo, el sol aún débil; y yo con ganas de seguir observando y haciendo analogías de aquellos acontecimientos. Un tramo más adelante divisé a las gaviotas, que se agrupaban abalanzándose sobre los cangrejos como una oleada de furiosos cazas stukas, pero fallaron. Al parecer un pequeño cangrejo emprendió la retirada y los otros sin saber siquiera el porqué huyeron tras él, guardándose en sus trincheras subterráneas como las zuricatas, ellas también tienen ese sistema, sólo que más avanzado.
Ya no logré divisar más cangrejos o gaviotas en el horizonte, sin embargo logré distinguir una silueta que supuse era un hombre, estaba estático, debía ser un pescador. Demoré cinco minutos para dejarlo atrás, pero en realidad fueron dos minutos y veintisiete segundos los que tuve para analizarlo. Estaba descalzo igual que yo; unos pantalones remangados a la altura de sus rodillas, una camisa que quizás fue blanca en un comienzo pero que ahora lucía tan percudida que parecía tantalio. Solo tenía dos de los cuatro botones, se podía ver su pecho tan quemado como el resto de su piel; este hombre si que había librado batallas con el sol, seguro que por su causa el sol se encontraba débil esta mañana, era un pecho lampiño como su rostro, rompió con todo concepto estético que tenia en cuanto a los pescadores, con toda imagen que Hemingway planteó, sin barba y con la tristeza sobre los hombros, y la verdad que debía de ser bastante tristeza, por que la estatura que estimé (metro sesentaicinco) se veía disminuida en quince centímetros por lo encorvado que estaba el pobre tipo. Tampoco usaba una caña de pescar, era un instrumento más simple: un tubo de acero no muy largo con dos anzuelos de cuatro puntas, el tubo estaba sujeto a un nailon bastante fuerte. Su mecanismo era como el de una caña de pescar: se lanzaba mar adentro el tubo con los anzuelos y se tiraba de él. Por más extraño que parezca este artefacto parecía ser útil, pues ya cinco pececillos se convirtieron en pescadillos bajo la habilidad de aquel viejo, y yacían arenados en una fosa continua.
Abandoné al viejo cautelosamente, evitando que pueda salir dañado por aquel: “su instrumento de caza”, no voltee a ver.
Basura. Ese era el paisaje que me esperaba, un largo trecho de basura, parece que un río desembocara cerca, pero recordé que ningún río desembocaba por esa playa o las continuas, Dios, la gente ocasionó aquel desastre, era en verdad un campo minado, hasta ahora mi caminata era el resumen de una guerra.
Tenía que ser cauteloso, ya conseguí activar por mi osadía tres cargas bastante poderosas, malas decisiones provocaron que al pisar desenterrara restos de comida en una caja descartable.
Eran cerca de cinco kilómetros los que recorrí hasta ese momento.
Yo llevaba unos jeans azules y una mochila, no era grande, de un tamaño promedio. No lentes, sin polo.
Cuarenta metros después de atravesar el basurero y aún en él, sentí un jalón hacia atrás y el frío metal de la hoja de un cuchillo, lo bastante afilado al parecer, pues cortó mi garganta con terrible facilidad. Para mi desgracia la sangre se acumuló en mi garganta, boca y cuerdas vocales, me era imposible gritar, y aunque tratara, estaba en medio de un desierto nadie me escucharía, la única persona que pude ver en toda la caminata fue un anciano, a más de un kilómetro; ¡Eso es! el viejo me estaba asesinando, pero como supo que aún seguía en esa dirección, porque si me hubiera seguido de inmediato podría haber sentido su presencia. Claro mis huellas. Anduve descalzo y no cerca de la orilla, el mar, mi indiferente compañero no borró mi rastro... ¡pero un momento!, mi rastro existía desde que abandoné mi hogar al comienzo de la mañana, podría ser cualquiera, alguien que me haya estado esperando ¿cuentas por saldar? ¿a quién debía? ¡la mochila! eso era lo más probable. Él que me haya seguido (el viejo u otra persona) lo hizo por mi mochila, debió pensar que en ella guardaba algo sumamente importante ¿pero y porque simplemente no me asaltó?
Estaba muriendo por un emparedado, una manzana y un refresco.
Se me hizo imposible seguir de pie, empecé a caer, el asesino (sea quien sea) cortésmente y sin reparar en la sangre que podría escurrirse de mi garganta y manchar su vestimenta (tenga o no esta, y en el último caso mancharía su cuerpo, cosa que supongo debía ser bastante desagradable) hizo que me apoyara en el para que mi descenso no fuera brusco. Empecé a ver rojo; creo que en ese momento la sangre por algún motivo fisiológico que desconozco empapó mí globo ocular, claro podría ser también que simplemente fueran efectos del delirio, pues de todas formas me estaba muriendo, la sangre no llegaba a mi cerebro y los conceptos figuras y demás sufrían evidentemente un trastorno causando aquella visión roja. En el transcurso que duró mi caída lo único que podía mirar era el corto tramo que me restaba antes de salir del basurero. Como veía en rojo se me hacía difícil distinguir las figuras, pero por azar talvez, logré distinguir a un pequeño perro que hurgaba entre la basura con el fin de buscar comida. Se veía tan descuidado en su aspecto estético, pero en un completo contraste con su aspecto físico (es irónico) pero el pequeño perro comiendo en la basura se veía bien alimentado; y siguió hurgando en ella hasta donde supe pues luego caí a esperar que me termine de desangrar y morir. Tendido sobre la basura una caja de cartón roja no me dejaba ver más allá de su cuadriculada forma.
Quinientos metros más adelante las gaviotas, en un ataque sorpresa maquinado por algún líder bastante astuto, devastaron con la masa cangregiana (por ponerle algún nombre) y las figuras extrañas que dibujaron con sus patas terminaron siendo la pintura de su cementerio. Pobres cangrejos.
Como vinieron se fueron, me detuve, que pintoresco quedó el gris de la arena, que ahora tenía destellos amarillos y anaranjados, era un oasis en lo rutinario, la mancha en el lienzo. Las entrañas de los cangrejos no se distinguían con los granos de arena, pero sus caparazones destacaban, como lo pudo hacer un tanque abatido en los escenarios de Europa durante la segunda gran guerra. Sí, en definitiva creo que se podría enseñar a los niños (a manera de reconstrucción temporal), como fue el desembarco en Normandía.
Atravesé con cuidado el campo de batalla, por más insignificantes que fueran los pequeños cangrejos, tenía que guárdales algo de respeto.
Seguía solo, el sol aún débil; y yo con ganas de seguir observando y haciendo analogías de aquellos acontecimientos. Un tramo más adelante divisé a las gaviotas, que se agrupaban abalanzándose sobre los cangrejos como una oleada de furiosos cazas stukas, pero fallaron. Al parecer un pequeño cangrejo emprendió la retirada y los otros sin saber siquiera el porqué huyeron tras él, guardándose en sus trincheras subterráneas como las zuricatas, ellas también tienen ese sistema, sólo que más avanzado.
Ya no logré divisar más cangrejos o gaviotas en el horizonte, sin embargo logré distinguir una silueta que supuse era un hombre, estaba estático, debía ser un pescador. Demoré cinco minutos para dejarlo atrás, pero en realidad fueron dos minutos y veintisiete segundos los que tuve para analizarlo. Estaba descalzo igual que yo; unos pantalones remangados a la altura de sus rodillas, una camisa que quizás fue blanca en un comienzo pero que ahora lucía tan percudida que parecía tantalio. Solo tenía dos de los cuatro botones, se podía ver su pecho tan quemado como el resto de su piel; este hombre si que había librado batallas con el sol, seguro que por su causa el sol se encontraba débil esta mañana, era un pecho lampiño como su rostro, rompió con todo concepto estético que tenia en cuanto a los pescadores, con toda imagen que Hemingway planteó, sin barba y con la tristeza sobre los hombros, y la verdad que debía de ser bastante tristeza, por que la estatura que estimé (metro sesentaicinco) se veía disminuida en quince centímetros por lo encorvado que estaba el pobre tipo. Tampoco usaba una caña de pescar, era un instrumento más simple: un tubo de acero no muy largo con dos anzuelos de cuatro puntas, el tubo estaba sujeto a un nailon bastante fuerte. Su mecanismo era como el de una caña de pescar: se lanzaba mar adentro el tubo con los anzuelos y se tiraba de él. Por más extraño que parezca este artefacto parecía ser útil, pues ya cinco pececillos se convirtieron en pescadillos bajo la habilidad de aquel viejo, y yacían arenados en una fosa continua.
Abandoné al viejo cautelosamente, evitando que pueda salir dañado por aquel: “su instrumento de caza”, no voltee a ver.
Basura. Ese era el paisaje que me esperaba, un largo trecho de basura, parece que un río desembocara cerca, pero recordé que ningún río desembocaba por esa playa o las continuas, Dios, la gente ocasionó aquel desastre, era en verdad un campo minado, hasta ahora mi caminata era el resumen de una guerra.
Tenía que ser cauteloso, ya conseguí activar por mi osadía tres cargas bastante poderosas, malas decisiones provocaron que al pisar desenterrara restos de comida en una caja descartable.
Eran cerca de cinco kilómetros los que recorrí hasta ese momento.
Yo llevaba unos jeans azules y una mochila, no era grande, de un tamaño promedio. No lentes, sin polo.
Cuarenta metros después de atravesar el basurero y aún en él, sentí un jalón hacia atrás y el frío metal de la hoja de un cuchillo, lo bastante afilado al parecer, pues cortó mi garganta con terrible facilidad. Para mi desgracia la sangre se acumuló en mi garganta, boca y cuerdas vocales, me era imposible gritar, y aunque tratara, estaba en medio de un desierto nadie me escucharía, la única persona que pude ver en toda la caminata fue un anciano, a más de un kilómetro; ¡Eso es! el viejo me estaba asesinando, pero como supo que aún seguía en esa dirección, porque si me hubiera seguido de inmediato podría haber sentido su presencia. Claro mis huellas. Anduve descalzo y no cerca de la orilla, el mar, mi indiferente compañero no borró mi rastro... ¡pero un momento!, mi rastro existía desde que abandoné mi hogar al comienzo de la mañana, podría ser cualquiera, alguien que me haya estado esperando ¿cuentas por saldar? ¿a quién debía? ¡la mochila! eso era lo más probable. Él que me haya seguido (el viejo u otra persona) lo hizo por mi mochila, debió pensar que en ella guardaba algo sumamente importante ¿pero y porque simplemente no me asaltó?
Estaba muriendo por un emparedado, una manzana y un refresco.
Se me hizo imposible seguir de pie, empecé a caer, el asesino (sea quien sea) cortésmente y sin reparar en la sangre que podría escurrirse de mi garganta y manchar su vestimenta (tenga o no esta, y en el último caso mancharía su cuerpo, cosa que supongo debía ser bastante desagradable) hizo que me apoyara en el para que mi descenso no fuera brusco. Empecé a ver rojo; creo que en ese momento la sangre por algún motivo fisiológico que desconozco empapó mí globo ocular, claro podría ser también que simplemente fueran efectos del delirio, pues de todas formas me estaba muriendo, la sangre no llegaba a mi cerebro y los conceptos figuras y demás sufrían evidentemente un trastorno causando aquella visión roja. En el transcurso que duró mi caída lo único que podía mirar era el corto tramo que me restaba antes de salir del basurero. Como veía en rojo se me hacía difícil distinguir las figuras, pero por azar talvez, logré distinguir a un pequeño perro que hurgaba entre la basura con el fin de buscar comida. Se veía tan descuidado en su aspecto estético, pero en un completo contraste con su aspecto físico (es irónico) pero el pequeño perro comiendo en la basura se veía bien alimentado; y siguió hurgando en ella hasta donde supe pues luego caí a esperar que me termine de desangrar y morir. Tendido sobre la basura una caja de cartón roja no me dejaba ver más allá de su cuadriculada forma.