Eurax

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cuento corto.- de cornetas

Tienes una camisa roja, pártela virtualmente dibujando una cruz, en donde la línea vertical está perfectamente alineada con la franja de botones negros, y la línea horizontal a la altura de la parte inferior de tu esternón. Tienes bolsillos negros cosidos en ambas divisiones izquierdas de tu camisa roja; y solo uno en el espacio superior del lado derecho.
Es una injusticia que aun en estas condiciones no quieran que por lo menos te configures en una guayabera decente. Lo extraño de todo el conjunto es tu gorro. Parece el gorro de algún castrense. Tiene que haber una explicación histórica o comercial del por que un heladero ha de llevar ese tipo de gorros. Espero que no haya sido idea tuya; ser heladero no conlleva tener mal gusto.
Pero toda esa descripción no es nada novedosa. En realidad, esta pertenecería a los 80’s. Pues si te fijas, ahora tus compañeros de carreta, no se parecen en nada a ti. Claro, diferentes empresas; pero en el 85 también habían diferentes empresas pero todos se parecían a ti.

Ahora no le puedes vender a la señora Elvira, bueno, a los nietos de la señora Elvira. Y los nuevos residentes del barrio, miran desconfiados tus helados, salidos de quien sabe donde. Dónde: es la casona en la avenida Goyeneche, que posiblemente haya cobijado 3 generaciones de la misma familia, hasta que el abuelo, tú abuelo, tuvo la brillante idea de hacer helados, y vaya que fue brillante. Las señoras te miraban amablemente concientes que tu presencia calmaría a sus mocosos por 10 minutos.

Tus helados siguen siendo los mismos...

Tendrás que comprar un “libro bolsillo” sobre las ventajas del capitalismo, sus nuevas tendencias y como sacarle provecho a tus bajos costos. Claro, eso si lo quieres todo de vuelta. Pero también puedes ir a la nueva empresa, esa a la que nadie le tuerce los ojos. ¿Quien se atrevería a rechazar tu currículo? 25 años en el negocio. Sabes de sabores, de manipulación infantil, de bolas de helado gratis símbolo internacional de generosidad. Pero ya no esta la señora Elvira para que te recomiende.

Demasiado tarde, ya tocaste la puerta.

Tu gorro, cuya explicación de su uso se remonta a la explicación de tu abuelo: por que ese gorro te dará la autoridad sobre los niños, vas ha estar con ellos, vas a jugar con ellos, pero no puedes ser uno de ellos.
Tu gorro, que dejaste de limpiarlo cuando cumpliste 32, ya no tendrás que usarlo, por que las políticas de la empresa buscan ofrecerle al cliente: los padres; un vendedor de presencia jovial y viva.
Puedes mantener la camisa roja, la limpias, le quitas el único bolsillo de la parte inferior y ya podrás volver a salir los domingos. No desesperes que parece que tu eterno afán con la chica/señorita/señora de 45 que vende los barquillos, se prolongara, pues ella también piensa acoplarse a la nueva empresa, solo que aun no lo sabe.

Ahora solo practica con el pito, que ya no puedes usar la corneta para avisar de tu presencia. Y cuando me mires por la calle, no trates de buscarme la mirada, que mis gustos también se perdieron con el misterio de donde es que salían esos helados y las burlas de los que me veían comerlos.

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